Muy pocos me entienden, y son los capaces. A veces me
abstraigo demasiado, ni yo mismo me entiendo. Otras veces quisiera ser como los
demás, volver a ser el niño travieso que hubo en mí. Ser tan egoísta como en lo
mundano.
Mi egoísmo se contrae y llego a ser un egoísta
sentimental, como un niño obligado a retirarse de su mamá para ir a la
escuela. Luego llora y esa es una parte entendible del sentimiento del amor, un
impulso de filo atrayente y cortante.
Sólo hay que poner el cuello sobre una almohada, cerrar
los ojos e imaginar como un cirujano con preciso corte hace una incisión en la yugular,
apenas duele. Abrir los ojos y relacionar ese charco hemoglobínico con el cuchillo
de sierra de un carnicero.
